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30/1/17

Concierto en Re Mayor

La Cadenza, término italiano musical, referido a un pasaje ornamental improvisado interpretado por un solista con estilo rítmico libre y a menudo como exhibición virtuosística. En el grado superior de flauta travesera era la prueba de fuego, que les servía a los profesores para etiquetarte como músico del montón o instrumentista merecedor de absorber sus enriquecedoras clases. El Concierto en Re Mayor de Mozart era el adecuado para estos fines.
Ensayaba y ensayaba esa obra. Podía tocarla de memoria y aún así en dicha Cadenza el profesor ponía siempre las pegas. “haz tu propia Cadencia” “No detecto ese virtuosismo” “Apenas se siente un cambio sustancial del ritmo.” Muchas eran las críticas, pocas la soluciones y sólo una escasa conclusión. Copiar. Si Rampal, en esos momentos era el mejor flautista, no me importaba parecerme a él. Escuchaba una y otra vez una grabación suya e imitaba la extraordinaria ejecución.
De mis pensamientos musicales me interrumpió el teléfono de casa. Mi chica, mi novia, Violeta. Una encantadora y paciente chica que entendía que me pegase media tarde dale que dale a la flauta en vez de quedar con ella. Con ganas de escaparse de su casa me instó a venir a la mía. A sabiendas de que este fin de semana mis padres me habían dejado sólo me convenció de que acabase mi ensayo y ella vendría por sus medios. No era el plan, pero acepté. La idea era acabar el ensayo en una hora, ir a buscarla y quedar con el resto de amigos. Pero no era momento de pensar, sino de tocar y aprovechar la escasa media hora que me quedaba.
El timbre del telefonillo sonó. Esperando su llegada en la puerta de casa se me ocurrió una idea. Cierto es que Violeta me había visto tocar en algunos conciertos pero quizás, aprovecharla de público exclusivo podía ser una opción. Aunque sin conocimientos musicales seguramente alguna conclusión sacaría.
Las primeras notas reflejaron mi nerviosismo. Es cierto que había tocado delante de público pero esto era nuevo. Una persona y con vínculos más que palpables. Levantar la mirada de la partitura y verla allí, a escasos metros era un ejercicio más que complicado novedoso. Tras los primeros minutos, algunos fallos y
una mente dispersa más en ella que en la partitura empecé a mejorar. La olvidé y me centré en mi tarea, en la obra de Mozart. Mejoré y por fin llegué a la fastidiosa Cadenza. Siguiendo el plan trazado imité la versión de Jean Pierre Rampal.. El tema inicial se mostraba pero bajaba en ritmo ascendiendo luego en escalas rápidas donde se mostraba agilidad con los dedos. Luego notas largas, fuertes y redondas para continuar con pequeñas pizcas del tema del siguiente movimiento. Con esa relajación del que le va bien el trabajo alcé mi vista para ver la expresión de Violeta. Tenía los ojos cerrados y se mordía levemente el labio inferior junto a una sonrisa. Rompí el esbozo de mi plan y de mis dedos surgieron escalas, notas,  paradas y variaciones de tiempo que no planifiqué. Continué con el tema inicial desacelerado en una tonalidad menor. Remarqué partes con tempos diferentes que recordaban a temas principales del Concierto. Aceleré poco a poco y paré la melodía suscitando un foco de atención.  Para concluir cree en la tonalidad madre una variación del tema con agilidad inusitada concluyendo con la tónica de la escala más aguda, perfecta y cuadrada que jamás realicé.
Violeta abrió los ojos al escuchar esa última nota y aplaudió levemente. Sin aspavientos, sin efusividad. Sólo con aquella cara de sorpresa.

La flauta travesera quedó montada en el comedor el resto del día junto al atril, y la partitura del Concierto de Mozart en Re Mayor. Hicimos el amor toda la tarde. No acudimos a la cita con el resto de amigos. Sólo su cara echada en la cama con los ojos cerrados y mordiéndose el labio.

24/1/17

                                                            HEROICA

     Me eché a temblar cuando llamó mi hermana, no sin razón. Quería que asistiera a una comida con uno de esos fenómenos que ella iba recogiendo por ahí, autor de algo excepcional. Mi hermana tiene más dinero que juicio, y varias veces ha intentado implicarme en sus efímeros entusiasmos.
     Esta vez era una obra musical, por la que yo debía interesarme. Alguna razón tenía. Desde que ganamos las elecciones estoy en el Instituto Superior de Música, y aunque mis conocimientos musicales no son suficientes para juzgar una obra, podía interesarme por ella y, en su caso, consultar con los técnicos del Instituto. El autor era un italiano, muy amigo de mi hermana, que por descontado lo habría conocido pocas semanas antes.
     No sé si me alivió saber que ella no podría ir a la comida. Tenía otros compromisos, pero ya había reservado mesa para dos en uno de los mejores restaurantes.
     Llegó el día fijado y allí estaba yo en el restaurante con un mozo, que pese a su nombre ridículo –Oronzio Facciatosta- era un tipo simpático, elegante y aún joven. Tuvo el buen gusto de no hablar “de  lo suyo” mientras nos servían una comida notable: Ostras gratinadas, lomos de esturión ahumado, confit de pato… todo con su maridaje. Temí tener que pagar semejante menú, aunque fuera a cargo del contribuyente. Pero hasta eso evité. Facciatosta pagó, no sé si con fondos propios o de mi hermana.
     Después de tal gentileza, ¿cómo negarme a acompañarlo a su estudio para oír su obra? Iba algo cargado, pero esperaba descabezar un sueñecito mientras escuchaba la música. He aprendido a dormir con los ojos abiertos en mítines o reuniones de partido, y al oír la música hasta podría cerrarlos, fingiendo concentración.
      El estudio era un pequeño apartamento puesto con buen gusto. Si lo pagaba mi hermana, iba a acabar arruinándose.
      Cuando me di cuenta, el italiano iba muy lanzado, y yo no sabía de qué iba la cosa. Se confesaba discípulo de un tal Pierre Menard, del que yo nunca había oído hablar. Supuse que sería algún músico moderno, pues ahora Oronzio decía que se había inspirado en él. Bueno … ¿Y qué diablos pintaba el Quijote? Había bebido demasiado, sin duda, porque me pareció entender que decía que ese Menard escribió el Quijote, algo ridículo. Oronzio parecía tan fresco, pero yo necesitaba un buen sofá.
       Por fin la cosa se encarriló, ahora hablaba de Beethoven, aunque no sé a qué venía eso de que sin Napoleón no habría Heroica…Si vamos a eso, si no ganamos las elecciones no estaría yo ahí aguantando el chaparrón. Me esforcé en atender. Oronzio decía, con sutil deje italianizante:
–Beethoven tiene el vantaggio de ser grande. Cualquier público lo reconoce, o cree reconocerlo. Sopratutto es bueno. Sin duda,  la 9ª está muy vista, ¿verdad? Eso del Himno de la alegría…Pero en realidad, ¿no era mejor el Allegro de la Heroica? Más digno. Y no hablemos de la marcha fúnebre. En fin, creo que ha sido un acierto escoger la Heroica, ¿no le parece?
      A mí no me parecía nada. Este hombre, ¿qué se proponía?, ¿dar una representación de Beethoven? Empezaba a intrigarme. Oronzio continuaba:
–…Y, como verá usted, he dejado sutiles huellas de mi creación. No podía alterar la obra, que yo habría compuesto –que, en cierto modo, he compuesto–idéntica a la de Beethoven, pero quería marcar que no es la obra de Beethoven y hacerlo para que el público, aun el más negado a la música, pudiera percibirlo. Lo notará usted, no lo dude. Porque ahora, con su permiso, la vamos a escuchar. Es la versión de la Filarmónica de Viena, dirigida por Thieleman – aclaró
        Y se puso a ello, con un aparato estereofónico que, dicho sea de paso, sonaba muy bien. La primera vez no estuve seguro, pero el gesto del señor Facciatosta me hizo comprender lo que había hecho, algo así como rayar levemente el disco, reiterando acordes aquí y allá. Me pareció notarlo tres o cuatro veces en el Allegro. En la Marcha fúnebre sólo pude captar un final en exceso prolongado. Pero con esto, y al ir haciendo la digestión, empecé a cobrar interés, y tal vez por eso capté varias repeticiones más en el Scherzo y hasta en el Finale. Cuando acabó la obra, una hora después, yo estaba ya totalmente despejado y comprendí enseguida la sugerencia de Facciatosta:
–Se ha dado cuenta, ¿verdad?  La gente corriente tardará un poco más, pero acabará cayendo, antes o después. Lo comentará, querrá oírla otra vez y volverá a comprobar. ¡Será un éxito!
–Sí– dije con cautela– es probable. Pero ¿cómo lo ha conseguido? Es un efecto muy curioso, apenas perceptible, pero ingenioso
– ¡Ah!, es mi secreto, y me permitirá guardarlo. ¿Puedo contar con su ayuda para un estreno?
Le di seguridades, aunque sin promesas. Yo no era más que un primus inter pares, y luego la opinión de los técnicos…Pero, en lo que estuviese en mi mano…En todo caso, le recomendé:
– Eso sí, tenga usted paciencia, ya sabe cómo es la burocracia, no es posible apresurarla.
    Nos despedimos  muy amigos. Mientras iba para casa, rumiaba yo el asunto. Si fuera cosa mía, tal vez valiera la pena arriesgar dinero. Se puede ganar, ¡la gente es tan tonta! Pero en el ministerio no gano nada. Primero he de pasar por los técnicos que no tragarán con el camelo. Luego, la ministra, una pelanas, que no lo entenderá aunque se lo diga con todas las letras. Y la prensa. ¡Quita! No hay nada que hacer.
    Cuando llegué a casa, la suerte del pobre Facciatosta estaba echada. Era lo más fácil, no hacer nada. Si reclamaba, bastaba cualquier excusa. Y tenía el placer añadido de haber asistido a la única representación de una obra, que había creado –sin saberlo– en mi propio beneficio.
     No supe más del asunto. Meses después vi a mi hermana y le pregunté:
– ¿Qué fue de Facciatosta? 
–Se fue a Bérgamo, ahora se dedica al diseño– me contestó.         


         ANEXO: Una imagen vale más que 1000 palabras