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3/11/16

Correcciones: La anécdota



Os dejo el enlace de dropbox para que os podáis descargar el doc. donde figuran las correcciones del ejercicio de la anécdota.

Durante la sesión, los grupos se turnarán para evaluar los textos de sus compañeros. Debido a que estamos a punto de tratar la introducción, sería conveniente que las intervenciones se centraran en analizar esa parte. Como guion para realizar la critica os propongo los siguientes puntos:

- ¿Cuál es la anécdota que se intenta narrar?

- ¿Hay un equilibrio entre lo que se pretende contar y el espacio narrativo del que se dispone?

- ¿Qué diferencias hay entre la narración escrita y la oral? ¿cuál ha resultado más atractiva?

- En caso de que se prefiera la narración oral, ¿cómo sería posible integrar estos aciertos en la narración escrita?

- ¿Cómo se presenta la problemática o pregunta dramática?

- ¿Existen alternativas para presentar el problema de una forma más efectiva?

- ¿Ha conseguido el desenlace cumplir con las expectativas de la introducción?

- ¿Es atractiva la presentación de los personajes? ¿Prodrían presentarse o caracterizarse de otra manera?

Tened en cuenta que se trata de sugerencias, la crítica puede tomar caminos distintos según los miembros del grupo lo crean conveniente.

Ejercicio 1 corregido: La Anécdota.

2/11/16



LA ANÉCDOTA por Mª Dolores García

Era finales de un caluroso mes de julio. El tren por fin me devolvía al punto de salida tras varias semanas de trasbordos y ciudades. Había sido uno de esos viajes que te gusta saborear mientras te encaminas irremediablemente a tu rutina. Como cuando intentas atrapar en tu retina los últimos rayos de una puesta de sol. Quizás por alargar su recuerdo o porque me impresionó el silencio que envolvía esa noche la ciudad, empecé a caminar mecánicamente al salir de la estación pasando de largo la parada de un metro que rápidamente me hubiera llevado por debajo de semáforos y avenidas a aquello que por aquel entonces llamaba hogar.
Respirando el infrecuente aire fresco de la falta de coches y prisas decidí alargar mi camino y pasar por el local donde tantas veces actué, aunque retrasara una hora más la ducha y la cama caliente. No me importaron la ropa de dos días y la mochila que a cada paso se hacía más pesada, pues volvía con ese buen humor que te permite enfrentarte por igual al cansancio y al olvido. Y con la única reserva de no haber podido avisar aún de mi regreso seguí adentrándome por calles y callejuelas durante una agradable noche de verano.
El local se mostraba como siempre. Los muebles que alababan el amable estilo de los años ochenta, conseguían un ambiente elegante pero algo desfasado, en el que yo me sentía como en casa. Al mismo entrar se podía ver como toda la pared  izquierda se ocultaba tras una barra alta de piel y cristal negros. Tras pasar la barra el local se ensanchaba antes de doblarse a la derecha a modo de “ele”. Ese era el espacio en el que el dueño había decidido montar el escenario, a falta de mayor amplitud, a pesar de la inoportuna presencia de un par de columnas. Otra barra similar en la continuación de la pared y unas cómodas butacas redondas de piel a juego con unas mesas circulares de poca altura completaban el mobiliario. Escondida tras esas columnas había visto actuar a los mejores cómicos y artistas a nivel nacional, mirándolos atentamente tras la seguridad que su sombra me proporcionaba.  Volver allí, era como volver a recordar qué me había impulsado a ser quien era.
Al llegar allí encontré algunas caras conocidas por lo que la parada se alargó más de la cuenta. Después de lo que fue una débil resistencia, decidí quedarme hasta el final del espectáculo, no fue hasta entonces que un sudor frío se apoderó de mí. “Maldita sea, no he avisado en casa”. Mi madre había aceptado con el paso de los años mis más que imprevistos viajes, pero aun así, sabía que esperaba pacientemente al lado del teléfono la llamada que le dijera que ya estaba a salvo de la vida. Saqué el móvil con las prisas del que se sabe llega tarde. Tenía la esperanza de poder encenderlo y contar con el tiempo suficiente para hacer una llamada antes de que se apagase de nuevo. No fue así, y el móvil apenas se mantuvo despierto unos segundos, tiempo suficiente para ver que tenía tres llamadas.
Eso me inquietó, no sé muy bien porqué, llenándome la boca de culpabilidad. Aproveché que la camarera se acercó a servir una copa  para pedirle que me dejase hacer una llamada. Mi expresión debía estar llena de preocupación por lo rápido de su respuesta. “Claro pasa, el teléfono está a la derecha, haz las llamadas que necesites”, e indicándome el hueco en la barra entré al almacén. Tuve que hacer uso de varios de los números familiares  que hace ya mucho decidí memorizar hasta poder hacerme con ella.
-¿Diga? El tono apagado de su voz al otro lado de la línea me decía que algo no iba bien.
-¿Qué ocurre mamá? Me has llamado tres veces. Me han dejado un teléfono.
- Cariño ¿eres tú?, no quería decirte nada hasta que llegases pero como tardabas tanto…
- Me quedé sin batería…
- Tu hermano…
-¿Qué ha pasado?
- Ha habido un accidente
- Pero, ¿está bien?
- No, el tren…lo ha arrollado el tren.

El 24 de julio de 2013 a unos 3 km de la estación de Santiago de Compostela un tren Talgo Serie 730 que cubría un servicio Madrid-Santiago de Compostela descarriló con 218 pasajeros a bordo, causando 79 personas fallecidas. El que ese mismo día unas horas antes, en un pequeño pueblo del interior, fallara una señalización en un paso a nivel sin barreras llevándose por delante un turismo con dos personas fue, simplemente, una anécdota.

1/11/16

Anécdota

Lista para enfrentarme a una de esas incursiones por la burocracia, armada de toda la paciencia que se pueda, la mejor de las disposiciones y una amplia y cálida sonrisa, vestida de una mezcla de inocencia y cándida ignorancia, convencida de que con esas armas letales conquistaré al funcionario de turno y lograré un merecido trato y un feliz desenlace.

Con el pensamiento se crean las realidades, ¿cuál afirmación diré o repetiré en este momento que pueda ayudarme? ¿Las cosas fluyen con facilidad? ¿Las personas me tratan con amor y respeto? ¿Cada día y a cada momento aparecen personas maravillosas en mi vida? Siento que las frases se amontonan en mi cabeza, pero como globos de helio las veo marcharse, no puedo fijar ninguna, ninguna me parece con suficiente fuerza como para convencerme del éxito de mi misión.

Sigo allí, sentada, elaborando estrategias mentales para afrontar la situación, que si tengo cita, me pregunta el guardia de seguridad, deme su identificación, tome su número y espere allí hasta que le llamen….¿preferiré que sea un hombre o una mujer?

Las mujeres se muestran más comprensivas, los hombres sólo a veces y enseguida pienso que no se trata del género, va  más asociado al estado de ánimo, a si han almorzado suficiente, a si todo ha ido bien con sus hijos ese día. ¿El color favorece el estado de ánimo? ¿Cuál será mejor rosa tal vez,  o amarillo? ¿Pero qué estoy pensando? No soy yo la que decido quien me atenderá, mejor me enfoco en mí, en qué puedo hacer yo para que las cosas vayan bien, paso lista de nuevo a mi sonrisa, mi actitud de humildad, y mi buen ánimo, ¿bastará con eso?, pienso temerosa de tener que volver por el mismo motivo…no es la primera vez que me pasa, tener que regresar para que me atienda otra persona porque una completa falta de sensibilidad a los problemas del otro y un trato irrespetuoso y abusivo incrementa mis sentimientos repulsivos poco a poco hacia el funcionario de turno y hace que se acabe intempestivamente mi visita a alguna dependencia gubernamental.

Pero estoy decidida a que esta vez no sea igual, quiero ser yo la que maneje la situación, la que lleve el hilo conductor aunque tenga que disfrazarme de poco informada, de desconocedora de datos y fechas que con certeza tengo documentados, y allí estoy sin darme cuenta sentada frente a quien me hace preguntas inquisidoras a pesar de mi sonrisa y mis modales educados: ¿qué quiere?, me increpa…comienzo a explicarle algo que parece no entender, su cara contraída y contrariada me intimida, me pone nerviosa, por unos segundos me desoriento y hasta dudo de lo que digo, llego a pensar que no sé expresarme (¿cómo, si hablamos el mismo idioma???)


Comienza todo a ponerse complicado, entre una ida y vuelta de frases sin comprensión que no llegan a su destino, por segundos entro en pánico y recuerdo la cantidad de veces que he tenido que volver a repetir lo mismo en la próxima cita con la esperanza de que otra persona me entienda y me ayude, y la frustración y el desánimo que he sentido. Estoy dispuesta a que no me pase ésta vez, busco en mis pensamientos algo que me ayude, qué será, qué decir a éste energúmeno que ablande su corazón y que pueda más que mi inmensa sonrisa…..en ese momento bajo la vista y al cruzar las piernas veo que algo brilla y suena, dentro de mi bolso aparece mi estrella de la buena suerte, mi salvación: ofrezco amablemente al funcionario diciéndole “le he traído una galleta para cuando almuerce”, finalmente puedo ver una mueca en su boca que deja intuir algún agrado por el dulce. Ya lo tengo, ya es mío, a partir de allí todo fluye con facilidad y salgo de allí satisfecha y segura que mi próxima visita serán dos galletas las que traiga.

30/10/16

Más de veinte años

Dos tirabuzones enmarcaban una nariz afilada y un mentón prominente que contrastaba con sus cejas finas y bien perfiladas. Nunca podría olvidar esas cejas. Había gente de rasgos suaves y cejas redondeadas, gente con facciones esculpidas en granito y dos amenazas sobre los ojos y luego, claro, estaba él. Creo que le gustaba el contraste y la sorpresa, más aún porque al crecer se había convertido en un calco exacto de su padre y solo las cejas y una mirada traviesa distinguían al eterno guasón del estricto maestro que tanto nos había exigido.  Éramos una generación, un pueblo entero criado bajo los exámenes de piedra pómez de ese hombre que a base de suspensos nos había preparado para la facultad y él, a pesar de ser su hijo, no había escapado a las malas notas.

Ya no tenía el pelo cortado a cepillo y los tirabuzones le llegaban hasta los hombros. Uno de ellos era ya más blanco que marrón y por primera vez en años recordé las tardes en la plaza del pueblo, los batidos del único quiosco y la primera botella comprada a escondidas. Durante un instante pensé en pillar un tren al pueblo, coger las llaves de la cómoda y leer desde el principio las novelas que regalaban en el periódico como tantas otras veces.

Quise tirar el maletín y los documentos por la ventana y apagar el móvil para que nadie pudiera buscarme, ponerme las botas y una falda bonita y llevarlo a bailar a la discoteca de mi primer beso. Pero él se giró, sentando a una chiquilla en su regazo y arreglándole el pelo. Tenía sus ojos, de color azul mar, y ese mentón afilado que contrastaba con unas cejas quizás demasiado finas.

Bajaron en la siguiente parada y yo me esperé a ver la silueta de mi oficina para levantarme de la silla. Habían pasado más de veinte años pero yo nunca podría olvidar esas cejas.  
SUERTE O CASUALIDAD

Como todos los viernes nos reunimos Julia y yo. Mi amiga del alma.
Las ocupaciones cotidianas nos impiden vernos más, por eso, una vez por semana, nos hemos propuesto sacar tiempo de donde sea. Hemos elegido este día, porque empieza el fin de semana y se percibe un ambiente de fiesta, que pulula por las calles.
Paseábamos por Colón, cuando un chico repartidor de publicidad, nos abordó y nos entregó una.
La casualidad nos sorprendió, sobre todo a mi amiga. El papel anunciaba que el escritor Arturo Pérez Reverte presentaba su última novela, titulada: Falcó, en la librería Ramón LLull de Valencia.
Julia es una apasionada de las novelas de aventuras, ya se compró la saga del Capitán Alatriste, y ahora venía su escritor favorito.
­─ Le compraré la última novela, ─ dijo.
─ Me hace ilusión tenerlo firmado  y también hacerme una foto con él ─ añadió.
Precisamente la presentación era ese mismo día por la tarde. Fuimos allí, por cierto, estaba “a tope, no cabía ni un alfiler”.
La sorpresa en  la librería era que, por cada libro, te daban un número,  si coincidía, con las tres últimas cifras del cupón de la Once, te obsequiaban con una cena con el escritor en el hotel RITH de Madrid.
Mi amiga empezaba a elucubrar, por si la suerte le alcanzaba.
Por la noche se celebró el sorteo. Estuvimos pendientes del número. No sé si existe la casualidad o la suerte, pero mi amiga fue agraciada. ¡Le tocó!

Nunca he visto tan feliz a Julia.
INCREIBLE, PERO CIERTO
Sábado, 17:30. Un grupo de jóvenes alegres y despreocupados se encaminan hacia la iglesia. El párroco les ha dejado la puerta entornada. Al entrar una penumbra agradable les sorprende, pero esa sensación dura breves segundos, porque como un imán sus ojos se dirigen hacia el altar adornado con flores y con todas las luces encendidas. El contraste es colosal: resplandor en el presbiterio, oscuridad en el resto de la nave. ¡Claro, hay boda! por esa razón el grupo ha ido tres cuartos de hora antes para ensayar.
El sacerdote les indica que el coro, en esta ocasión, estará arriba en la parte derecha del altar. A la solista no le hace ninguna gracia, prefiere estar abajo y pasar inadvertida, pero no dice nada, ni siquiera el grupo ha emitido una leve protesta. Todos saben que arriba deben guardar cierta compostura, porque son un foco más de luz, cualquier cuchicheo entre canción y canción, gesto, etc. será observado por la feligresía. Aunque no deberían extrañarse, no es la primera vez que lo hacen, por ejemplo, en las grandes celebraciones litúrgicas…han de situarse en el altar. No obstante, ellos se sienten más libres abajo.
El grupo es bastante peculiar, sano, jovial y ESPONTÁNEO, sobre todo las chicas.
Han dejado las guitarras y los bongos a un lado, suben las sillas y las disponen en filas, salvo los instrumentistas que se acomodan delante del grupo cantor.
Comienza el ensayo, sale perfecto, tan solo repiten el ofertorio y la canción final.
Entre tanto, D. Juan, el cura, ha dado al interruptor de luces, a continuación se ha dirigido a la sacristía para prepararse.
Comienza a llegar la gente al templo, los más emperifollados son los que van de boda. El silencio se rompe y los murmullos se propagan hasta aquietarse, una vez sentados en los bancos. Hay un cruce de miradas entre los de arriba y los de abajo.
La novia, novio y padrinos se encuentran de pie junto al reclinatorio. Ella muy feliz, con una cara muy sonriente y expresiva, que contrasta con los dos chicos; uno, el que está a su lado, con cara de circunstancias, nervioso en sus gestos como asustado; y el otro, sonriente y feliz como la novia. Así pues, una de las componentes del coro junto con la solista, creyeron que no estaban bien colocados: el novio debía ponerse al lado de la novia y el padrino al lado del novio, además, se veía con claridad meridiana quién era quién. Las dos tenían vergüenza en decírselo, al final, fue la solista quien se levantó, bajó los escalones y  dijo: «Estáis mal colocados», y les indicó el lugar correcto de cada uno. Ellos obedientes hicieron el cambio. A los pocos minutos asomó la cara D. Juan, salió precipitado – qué extraño, sin tocar la campanilla de comienzo del acto -. Todos los presentes se pusieron en pie. Él sin hacer caso se dirigió a los novios y los volvió a recolocar, y regresó de nuevo a la sacristía.
Nada más sentarse los feligreses e invitados, sonó la campanilla, todos en pie otra vez, y en esta ocasión, sí, salió el cura en medio de dos monaguillos y todo prosiguió según lo establecido.
En el coro había dos personas que hacían verdaderos esfuerzos por contener la risa, tanto, que las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Al finalizar la boda, D. Juan se dirigió a las inductoras y les dijo: «¿Así que queríais casar a la novia con el padrino, eh?». Todos, incluido el sacerdote, estallamos en una risa sonora y prolongada. 

28/10/16

Salto de fe


Por fin han dejado de destrozar mi mundo, me ha dicho mi hija esta mañana. Yo he abierto un ojo y me he sacudido el sueño, pero mis neuronas encargadas de descifrar la lógica infantil seguían desactivadas. Ya en el desayuno, con algo más de información, he entendido, en parte, su entusiasmo. Todo me sale bien. Mi suerte ha cambiado tras el accidente, repite como un mantra. Que si ya nunca falla el wifi de casa; que si los desalmados que pisoteaban su mundo de bloques virtuales en Minecraft se han esfumado; que si ya no le asusta dormir con la luz apagada; que si se ha cumplido su deseo de tener una mascota… Se refiere a un gato callejero que ha adoptado sin pedir permiso a nadie y al que ha bautizado con el nombre de Suicida. Se trata de un animal que desafía su suerte varias veces al día. En cualquier momento logrará saltar al otro barrio. Lo veo venir. Pero eso a ella no le preocupa porque está convencida de que si los gatos tienen siete vidas, Suicida tiene mil. Además, donde yo veo imprudencia;  ella ve valor. 

Y todo gracias a mis  nuevas líneas de la mano, dice acariciándose las cicatrices que surcan la palma de su mano izquierda, unos cortes recientes que han variado sus líneas de la vida y de la suerte. La línea de la cabeza ha quedado intacta. A la que todo le sale bien se le ha metido en la mollera que las cicatrices han alterado su destino.

Para colmo ha descubierto en internet una noticia que confirma su teoría. Parece ser que un cirujano plástico japonés, el doctor Matsuoka, rediseña las líneas de la mano con un bisturí eléctrico para que sus pacientes gocen de una larga vida, se casen, tengan éxito en los negocios, les toque la lotería, recuperen la salud o sean unos Einsteins. Si fuera tan fácil, yo me haría un surquito en la línea del valor para emprender esos proyectos eternamente postergados.

Ya no sé qué decirle  para convencerla de lo equivocada que está. No paro de repetirle que el secreto de la suerte está en la constancia. Una frase que he sacado de la Red. Huelga decir que yo no creo en la quiromancia. Pero sí que creo en las señales. Por ejemplo: últimamente encuentro saltamontes por todas partes: en el cristal de la ventana, en el salpicadero del coche o en el interior de mi zapato. He buscado en internet el significado de este insecto y esto es lo que he encontrado: Cuando el saltamontes se nos presenta se nos pide dar un salto de fe y saltar hacia delante en un área específica de la vida sin temor.

De repente, todo ha cobrado sentido. Un maullido prolongado y amargo me ha sacado de mi estado de lucidez: Suicida lo ha vuelto a intentar.
                                                LA SORDERA
Fue cuando me diagnosticaron hipoacusia bilateral. La otorrino dijo que mi caso era operable, pero que unos años después ya no lo sería. A mis preguntas, aclaró que había riesgo de perder del todo la audición, pero que empezarían por el oído peor y, si iba mal, no seguirían con el otro.
Como yo seguía dudando, me dijo que lo pensara y volviera al cabo de seis meses. Me valoraría de nuevo y decidiríamos.
Por entonces estábamos trasladándonos de oficina. Hubo un tiempo que, estando ya en la nueva, parte de la documentación estaba aún en la antigua. Los locales no estaban muy alejados, así que me acercaba andando a buscar lo que me hacía falta
Una vez que volvía yo a mi nuevo despacho con algún papel del antiguo pasaba por una de las calles más céntricas. Era mediodía y estaba saturada por el tráfico y los peatones que circulaban por ella.
Iba yo con la prisa que nos imponen los asuntos profesionales, cuando me abordó una chica. Muy joven no era, unos treinta años tal vez. Ni guapa ni fea, bajita y regordeta, sin ser gorda. Una discreta melena corta de color negro encuadraba un rostro no especialmente agraciado. Su vestido, sencillo, se adecuaba a la vulgaridad general que parecía emanar de su persona.
Estoy acostumbrado a que me paren en la calle. Tengo cara de panoli y a la gente le da menos corte dirigirse a mí. (Esto, desde luego, es una interpretación propia, que no he contrastado de manera objetiva). En general lo hacen para preguntarme alguna dirección. Suelo ser de poca ayuda, pues todas me suenan, pero no sé situarlas, y menos aún cómo han de llegar hasta allí.     
No me sorprendió por tanto que la joven me parara. La vi hablarme, pero, y aquí empieza lo raro, no le oí nada. Bueno, exagero un poco. Oí una especie de bisbiseo en el que no pude distinguir ni una sola palabra. Para los que no sean del gremio (médicos o sordos) la hipoacusia no te impide oír, sino distinguir con precisión los sonidos, con lo que uno entiende mal lo que le dicen, trabucando a menudo lo que ha oído.
Pero aquí era peor: no entendía nada. Me alarmé ¿Tanto habría progresado mi enfermedad?  Le pedí con cortesía a la muchacha que me repitiera su pregunta, pidiendo a la vez perdón por no haberla entendido. La chica volvió a formularla, pero yo seguí sin entender nada; ni siquiera creo haber captado el signo de interrogación.
Estaba desolado. No tanto por la chica sino por mi manifiesta incapacidad de oír. Repetí mis excusas y pude captar un movimiento de impaciencia, normal, por cierto, en su rostro. Supuse que iba abandonarme en beneficio de alguien de oído más despejado.
Pero no, repitió la pregunta por tercera vez. Y se produjo el milagro. En alta, clara y hasta atronadora voz pude oírla y, como yo, toda la gente que circulaba alrededor
-¡Qué si quieres echar un polvo, coño!-dijo en tono entre irritado y despectivo
Su grito (así me lo pareció) produjo ese silencio sepulcral que a menudo se hace en medio de conversaciones múltiples que parecen ponerse de acuerdo en cesar de manera simultánea. El caso es que a mí me dejó con la boca abierta, con una cara de panoli más justificada que nunca, y objeto de la curiosidad entre risueña y suspicaz de los viandantes. La chica, mientras, se había marchado sin darme la oportunidad…¿de qué, en realidad?

Cuando pasaron los seis meses, decidí no volver al otorrino. ¡Para lo que hay que oír…!
Anécdota. El billete de tren



Todo el mundo en el tren andaba alborotado. Se miraban unos a otros perplejos. En los vagones los hombros subían y bajaban dando la impresión de un mar repleto de cabezas bolla. Por las ventanillas el mundo pasaba ajeno a la confusión. Campos amarillentos y casas blancas se difuminaban con aparente normalidad. Los árboles desnudos exhibían sus muñones en las estaciones vacías. Hacia poniente las montañas blanquecinas permanecían en su lugar como estrellas lejanas. En el levante amanecía el día sobre un mar tranquilo, pero… ¿qué día?

Yo andaba arriba y abajo por el pasillo cosechando las miradas hostiles y furtivas de los viajeros más osados. El resto o me miraba reflejado en los cristales o lanzaba sus ojos al suelo evitando cruzarse con los míos. Llegaba hasta la cafetería casi en la cola del tren, pedía un café, me lo tomaba a sorbitos ojeando un periódico, hacía intento de pagar, no me cobraban. Llegaba hasta la locomotora, llamaba, me dejaban entrar y ver la vía desaparecer debajo de nuestros pies hasta que me asaltaba un ligero mareo. Volvía entonces a cruzar el tren hacia la cafetería.

Un señor venció el peso de su corbata levantándose para interceptarme con cara de pocos amigos. Pero una mano amiga le asió desde el asiento contiguo devolviéndole a tiempo a su sitio. Estás loco alcancé a oír que le interrogaba.
Barcelona se acercaba rauda al encuentro del tren ¿Qué día sería allí? El desconcierto inicial había dado lugar al nerviosismo. Recuperada la cobertura las llamadas no hicieron sino confirmar la absurda novedad. Sí, hoy era 24 de septiembre ¿y qué? No iba a consentir que un maldito error en la fecha de mi billete me estropeara el día.

27/10/16

Simbiosis

Anécdotas, aventuras, providencias. Como añoro esa vida (suspiro). No es que la vida en pareja esté carente, pero de sobra es conocido, y cito la gran obra de un reconocido personaje  “no iba a salir y me lié”, que la libertad te da más posibilidades de un buen argumento para este ejercicio. Por ello vamos allá.

Reproche 1:

- Ya es la tercera vez. Siempre bajas a tirar la basura y no pones bolsa nueva.
- Es que tengo la costumbre…
- Excusas – interrumpió mi pareja -. No se la de veces que te lo he recordar. Coges la basura, te vas y la bolsa sin poner. Es que. ¡Por favor! – aumento de tono decrescendo a llegar a la desgana.

Pues ahí estaba, tenía razón. No poner la bolsa de basura, por segunda o tercera vez. Pues ciertamente antes de mi vida en pareja llevaba así como diez años viviendo sólo y cuando tiras la basura, una es porque huele o dos se está desbordando del cubo. A esto añades que no la tiras inmediatamente sino que dices:

Cuando me vaya la tirare

Entonces al cerrar la puerta, obviamente con prisas porque eres soltero y siempre llegas tarde; lo recuerdas porque el olor también sale contigo. Resultado, la bolsa se pone pues... al unísono que cuando vas a tirarla. Cuando te acuerdas.

Reproche 2:

- Siempre hago yo el café. Todas las mañanas - recalcando cada una de las palabras -. Te levantas, te sientas y ahí, que el café se haga sólo. Podías hacerlo tú alguna vez.

Aquí si que no me justifico. Al madrugar soy de ese tipo de personas que mira la pared con cara de mala leche y espera que pase el tiempo hasta verme vestido o con una galleta en la mano.

- Es que – continuaba la canción – hay cosas que siempre me toca hacerlas a mí. ¡Siempre! – crescendo ad libitum -. Deberías ponerte en mi lugar y bla bla bla (tengo que admitir que aquí ya cogí la galleta y desconecté)

Pues lejos de quedar aquí la cosa mi pareja parece que reflexionó. No me pregunten por qué. En un arranque de la mañana decidió tirar la basura. Sí, esa tarea que siempre había hecho yo. Quizá porque quería descubrir tan curiosa experiencia o posiblemente porque esa maldita voz que llamamos conciencia le dijo “oye, que hay cosas que tú nunca haces.” Bueno, el motivo es lo de menos, el resultado es que se armó de valor basura en una mano, botellas de plástico en la otra y con las llaves en la boca salió de nuestro piso alquilado.

Me sorprendió ciertamente. Entendí un algo, una verdad. Y aquí viene la moraleja de la anécdota. El cambio, la vida en pareja, eso que impulsaba a mi chica a hacerme entender que yo debía hacer el café por la mañana y muchas otras cosas. Que debía contribuir a esta simbiosis. Es así, era yo. Mi preocupante modo de vida en la soltería salpicaba mi futura convivencia en familia. Ella me lo demostró con esa imagen saliendo de casa.
Volvió con precipitación, con rapidez. Me la encontré en la puerta de la cocina cuando yo salía con un tentempié (comiendo chocolate). La vi antes a ella que el sonido al cerrar la puerta. Nuestras caras se juntaron como una película de Woody Allen.

- ¿Dónde vas? – le pregunté con sorpresa
- A la galería.

Me acerqué a su nunca para darle un beso. Para agradecerle esa manera de hacerme entender lo que es la pareja, la familia. Entonces, súbitamente me paré en su oreja y le susurré:


“no te preocupes que ya he puesto yo la bolsa de basura"


Lucas y el gato siamés



En la casa de mi amigo Lucas hay dos cajones de pienso para gatos.

 Lo curioso, quiero decir, es que nunca ha tenido ningún gato. Es verdad, creo que fue hace un año cuando Carlos le pidió que le cuidase el suyo, un horrible siamés con un sarpullido de manchas pardas en el lomo. Pero los cajones para gatos ya estaban ahí entonces. Recuerdo que en aquella ocasión salí de mi casa como siempre, un viernes por la noche, para ir a visitarle. De camino me crucé con un compañero de clase al que de todas formas no saludé. Dos manzanas antes de llegar compro un par de litronas Steinburg por 3 pavos 20. Habrá que apañarse. Por fin, una vez llego, sale al rellano a recibirme el asqueroso gato, clavándome ese par de ojos flácidos como dos huevos rotos. Esta noche la casa se respira un olor denso y cálido, media docena de personas se hacinan en el salón con toda suerte de instrumentos improvisados. Un cubo para el tam-tam de la selva, dos paquetes de garbanzos como quien toca las maracas en el Boatete. Han cerrado las ventanas para que no se queje la vieja polaca de enfrente que tendrá lo menos siete millones de años y seguramente nos sobreviva a todos. En total somos 8 personas, a saber; Lucas, Carlos, la pareja de acólitos, un anónimo trio musical y yo mismo. Habría sido espantoso de no ser porque empezaron a interpretar esa canción tan buena sobre un viejo heroinómano a punto de morir. Y la tocaban jodidamente bien. Hasta que apareció el gato. Otra vez. 

Cuando el viejo volvía a la casa de sus padres, después del segundo estribillo, el gato se abalanzó sobre el mímico guitarrista. Éste, que no podía ir más ciego, se defendió con un manotazo que envió al gato a la otra punta de la habitación. Todos nos miramos en silencio. Carlos está en el baño y el gato ha salido escopetado por el pasillo. La cara de Lucas es un poema. “Que no pare la música”, grita Carlos al otro lado. Y de repente, sin ton ni son,  Lucas cae redondo al suelo en un ataque de risa histérica. Creo que los cajones de gato se los dejó una ex. “Puto gato, puto gato”, grita ahora con la cara roja. Ahora lo recuerdo, Lucas intentó envenenar a los gatos de su novia para demostrar no sé qué teoría cuántica de los átomos. Por suerte ella lo descubrió antes. Puto Lucas, el muy sádico.

La pulsera

No se porque lo hice, porque era lo mas fácil quizás, al menos me contenté con pensar eso, aunque luego me llevó a pasar un mal rato. Aquella mañana había quedad con Juan, sí el de reformas Estebe, para llevarle unos papeles, ya sabes que desde que “tuvieron” que prescindir de personal nos toca ocuparnos de todo. Eran las 10 ya y el tipo aun no había abierto, claro como no le van a salir esos números con el ritmo de trabajo que lleva, y luego se queja; bueno el caso es que yo me dedicaba a pasear de un lado a otro por delante de la cancela mientras me fumaba un para de pitillos y daba varias veces zapatazos al suelo, pues aun tenía frió. Parecía que los minutos no pasasen.
Escuche unos paso fuertes y agudos como de un taconeo por mi derecha, me giré y vi que provenían de una mujer que iba bastante arreglada, ya sabes una de esas que van igual vestidas un lunes por la mañana que un domingo por la tarde, des pidiendo olor a maraca y a nuevo por cada poro de su cuerpo. No estaba mal la chica, además tuve tiempo de observarla, como hubiese hecho con cualquiera que pasas por allí en ese momento solo por entretenerme y no volver a sacar el móvil para mirar la hora que la obsesión retrasaba; era una morena de pelo largo y alta, más aun por los taconazos de sus botas , y que, como era de esperar, arrastraba una expresión de indiferencia en su rostro erguido que parecía no caberle allí. Ella por suerte no se fijo en mi, se acercó al carril bus y al poco pudo parar un taxi en el que subió con un revuelo de su poncho de baby-alpaca o lo que fuera; ya me había parecido distinguir algo caer, pero hasta que no se cerro la puerta no vi el brillo en el suelo y para cuando tenía la pulsera en la mano el coche ya había pasado la manzana, estuve indeciso durante unos instantes, parecía buena, pero no demasiado, así que no le di más vueltas y la guarde en la cartera olvidándome el resto de la mañana.
Dos días después , tras haber encontrado una cajita adecuada, se lo regalé a Ana. Al principio se preocupó más por el precio que cualquier otra cosa, pero luego al probárselo me lo agradeció radiante y algo azorada, como una niña el día de su cumpleaños; yo traté de quitarle importancia cuanto pude pues su ilusión me hizo sentir incómodo. Todo marcho bien hasta dos semanas más tarde.
El viernes por la noche habíamos quedado en una cita de parejas con una amiga suya y el novio de esta, a la que tuve que acceder tras mucho quejarme pues nunca he podido aguantar juntarme por obligación y fingir interés por alguien con quien no se me a perdido nada. ¿A que no adivinas quién era la amiga? No, no era la de la pulsera, eso hubiese sido demasiada casualidad, era una enfermera bajita y risueña, pero resultó que después de saludarles y sentarnos en la mesa en la que nos esperaban allí estaba, justo enfrente. No puedes imaginar el pánico que me entró cuando la vi, una sensación fría me subió desde la barriga hasta la parte superior de la garganta. Aunque sabía que no tenía nada que temer, pues era una pulsera de un marca conocida que se podía adquirir en miles de tiendas y ver mujeres llevándola seguramente en casi cualquier parte del mundo, además de que ni me vio por lo que no podría reconocerme, la conciencia de estos hechos no pudo acabar con gran parte de mi nerviosismo que me llevaba a mirar de reojo y a rachas el plateado objeto en la muñeca de Ana y seguir su mano izquierda ya fuese cuando ajustaba el tenedor recto y perpendicular al borde de la mesa o cuando cogía la servilleta.
Me puse a hablar como loco con el amanerado de gafas de pasta y fular que tenía delante de yo que se que cosas que se me ocurrían: lluvia ácida, datos curiosos de animales exóticos; hilando temas sin el menor reparo. Cuando la anterior dueña de la pulsera alzaba la vista yo me giraba hacia las chicas y le preguntaba algo a la enfermera al tiempo que huía de la mirada extrañada y de reproche de Ana que me gritaba con los ojos que me comportase. Todo esto mientras me llenaba una vez tras otra la copa de vino con tanta avidez que me manche mis mejores pantalones.
Insistí en que dejáramos el postre y el café por no ir demasiado tarde al sitio de copas que enseguida se llenaba, y cuando ya aliviado guardé el cambio que me tocaba y me disponía a salir note un golpecito en el hombro, me giré dando un respingo y más me sobresalte cuando vi las mismas facciones y el mismo pelo liso de la otra mañana; estaba perdido.
-Perdona-dijo- se te ha caído- agarraba una moneda de dos euros en una mano.
-Ah-balbuceé, o algo así, demasiado rato mientras me la entregaba, luego soltando un corto “gracias” salí rápido afuera donde me esperaban con las chaquetas puestas. No se que cara debía llevar que Ana me preguntó preocupada:
-¿Estás bien?


VACACIONES. Anecdota

El pasado verano  fuimos a Croacia. Aunque no teníamos claro qué destino escoger para nuestras vacaciones, Dubrovnik era uno de nuestros favoritos.
A pesar de haber elegido este lugar sin tener muy claro al principio dónde queríamos ir,  mis hijas y yo preparamos el viaje cuidadosamente. Con mucha antelación vimos unos vuelos “low cost” y fue precisamente el precio y las fechas lo que nos decidió a comprarlos. Alquilamos un bonito apartamento cuya ubicación fue estudiada con detenimiento, cerca de alguna playa y próximo al centro de la ciudad.
Por otra parte, nuestra labor de documentalistas fue muy activa durante ese tiempo ya que buscamos guías en Internet, blogs de viajeros, recomendaciones de otras personas,  trazamos posibles recorridos y un sinfín de tareas relacionadas. Leímos mucho acerca de la maravillosa costa croata y sus bellas islas, el agua transparente y fría, la tranquilidad de navegar en un mar calmo como el Adriático, y sobre todo, seleccionamos con mucha atención las excursiones y actividades que nos ofrecía el lugar.
Por fin llegó el día de partir desde Valencia, y en el último momento empezamos a repasar si llevábamos todo lo necesario para un proyecto tan pensado y preparado. Era el momento, vámonos!!.
-Maya, llama a un taxi por favor.
-Ya voy, viene enseguida
- El taxi está en la puerta
-Bien, bajemos
-Buenos días, donde van?
-Al aeropuerto
-Me permiten sus maletas?. Las pondremos detrás
- Si claro, una dos y la tercera maleta?
- Maya: me la he dejado olvidada en casa
-Cómo puede ser que con la ilusión y trabajo que hemos puesto en este viaje te dejes ahora la maleta?
-Todo acabó entre las risas del taxista y la nuestra. Menos mal que nos hemos dado cuenta!





Curiosidad infantil

                Cerca de mi casa hay dos plantas bajas a cada lado de un portal, con las fachadas pintadas en naranja y persianas rojas. Es la sede de la Asociación Valenciana de Personas Sordomudas. Por la mañana pasan desapercibidas pero a la tarde, las persianas se suben y poco a poco van llegando los socios. Una gran cantidad de ellos salen a la calle a fumar y relacionarse. Se apoyan en los coches aparcados en el bordillo y forman estrechos corrillos. Se comunican moviendo las manos, enfatizan sus afirmaciones emitiendo extraños ruidos guturales y haciendo gestos bruscos con la cabeza y el tronco. Son bulliciosos y divertidos, hacen ruidos secos que identifican como risas.
                Cuando mi hijo era pequeño y pasábamos por allí, se agarraba a mi pierna y escondía la cara en ella hasta que nos alejábamos. Le expliqué que eran personas que no podían hablar y esa era su manera de comunicarse. La curiosidad infantil le llevó a observarlos descaradamente a partir de entonces, quería descifrar y aprender su lenguaje. Y me contagió. Aunque estudiamos varios libros y buscamos información en Internet, conseguimos aprender poco. Alguna letra, palabras sueltas, sin la fluidez necesaria para conectarlas. ¡No hay un lenguaje de signos universal!  Y la información que leíamos nos confundía más que nos instruía. No conocíamos a ningún sordomudo, ni siquiera un sordo. Nunca nos atrevimos a intentar comunicarnos con ellos. Y, aunque, a mi abuelo le llamaban: Salvador, el sordo; yo sé que su sordera era selectiva.
Desde nuestra ignorancia, seguimos mirándolos sin saber si nuestro escrutinio les incomoda o no. A veces al pasar a su lado nos sobresaltan los sonidos que emiten, nos ignoran como si fuéramos transparentes. Estamos fuera de su conversación, si nos miraran quizá perderían una palabra importante de su interlocutor. No nos pueden oír cuando nos acercamos y, como suelen ocupar toda la acera, nos bajamos a la calzada para continuar nuestro camino. Cierto es que podríamos ir por el otro lado de la calle pero… ¿Qué habría de interesante en ello?
Mi hijo creció, ya no paseamos cogidos de la mano. Mantenemos solo uno de los gestos que aprendimos. Cuando en un pabellón lleno de gente y ruido, va a enfrentarse a un contrincante y me mira, yo levanto los brazos y giro las manos a uno y otro lado. Es el aplauso de los sordos, es nuestro gesto íntimo con el que le doy ánimos y confianza. A veces, aún pasamos juntos por delante de la asociación, vamos enfrascados en otras conversaciones e ignoramos a los sordos como nos ignoran ellos.
El otro día volvíamos de casa de los abuelos y algo nos llamó la atención. De pequeño, cuando todavía le intrigaba el tema, me preguntó para qué tenían los sordos un timbre en la puerta si no podían oírlo. Le expliqué que los timbres para sordos, en lugar de sonar una campanilla se encendía una bombilla intermitentemente. Ha debido de fundirse. Sobre el timbre aparece un cartel hecho con un folio y bolígrafo azul, sujeto con unos trozos de celo que dice: No tocar al timbre.

De todas formas es innecesario, la calle sigue llena de personas capaces de comunicarse entre ellas.


26/10/16

¿Realidad o ficción? (Ejercicio 1)

Mi padre siempre me ha dicho que en ocasiones la realidad supera a la ficción, pero hasta ahora no había podido comprobarlo de primera mano. Esa frase, que a lo largo de mi vida se ha repetido como una cantinela, la interpretaba desde la visión de las cosas absurdas que pasan en el mundo. Tras los largos e indignados discursos de mi padre sobre la corrupción en este país, yo no podía más que añadir lo ridícula que era nuestra situación, que parecía ser sacada de una novela surrealista, a lo que él contestaba con su ya característico “en ocasiones la realidad supera a la ficción”. Pero lo que jamás me imaginé fue que la realidad de la que hablaba no hacía referencia únicamente a novelas surrealistas o a algún corto de Buñuel, sino que podía asemejarse a alguna de las tantas novelas de aventuras que leí en mi infancia.

Hará cosa de tres semanas, un amigo me envió una foto. En la foto aparecía un trozo de tela más viejo que nuevo, de bordes deshilachados y color tierra. A decir verdad, a primera vista me pareció un recorte de un saco de patatas, pero a los pocos segundos se me hizo evidente que se trataba de otra cosa. En el trozo de tela, unas letras azul oscuro rezaban lo siguiente: “Querido desconocido: si puedes leer estas palabras, eso significa que habéis descubierto esta obra. Tenéis que guardarla para vosotros. He hecho el viaje desde Los Ángeles para esconder este cuadro y que lo descubráis. Este cuadro forma parte de una obra de 21 piezas. Quedan 20 por descubrir para formar la obra completa”. Y, al final del todo, una página web con un simple “visítala”.

Como resulta evidente, no entendí de qué se trataba hasta que me percaté de que, en una segunda foto, se veía la parte de atrás del retazo. Unos trazos blancos de brocha gruesa dibujaban distintas formas geométricas sobre un fondo grisáceo con manchas negras y rojas. A pesar de la apariencia descuidada, la manera exacta que tenían de coincidir los rectángulos, círculos, triángulos y cuadrados hacía evidente que nada estaba ahí por casualidad.

“Lo he encontrado dentro de un libro en la biblioteca de Bellas Artes”, me dijo. “Pensé que podría interesarte”.

Sentí la emoción cosquilleando en la punta de mis dedos. La casualidad de que llegase a mí algo oculto en uno de los cientos de libros de una biblioteca que jamás había visitado era hasta inquietante. Por un segundo me sentí como un personaje arrancado de un libro y pegado bruscamente a la realidad.

Empecé a reunir toda la información que pude. Descubrí que la página web escrita en el cuadro estaba inactiva desde hacía años, pero seguía existiendo y para mí eso era suficiente. El proyecto de esconder cuadros que juntos formaban una obra no se había llevado a cabo sólo en Valencia. Tuvo lugar también en Dubai, en San Francisco, en Venecia, en Roma, Geneva, Berlín, París, Miami, Los ángeles, Marsella y Lyon. Una obra por cada ciudad. La última entrada estaba escrita en el 2014, y la del cuadro en Valencia era del 2011. Cinco años después, nosotros encontramos una de las 21 piezas. La emoción opacó el hecho de que todos los enlaces estaban caídos y no había forma de contactar con nadie. Había encontrado un tesoro, o al menos yo lo sentía así.

Siendo la era de la tecnología, imaginé que en su momento este proyecto debió haber tenido alguna red social y, justo como esperaba, encontré el Facebook, tan abandonado como lo estaba la página web. Sólo dos comentarios estaban en español, pero a mí me llamó la atención uno de ellos: era del 2012, de una chica de pelo oscuro. Aseguraba haber encontrado un cuadro en la biblioteca de Bellas Artes. Sin ninguna esperanza de recibir respuesta, le escribí preguntándole si se había llevado el cuadro y en qué libro lo encontró.

Un día después, contra todo pronóstico, contestó.

No recordaba el nombre del libro, pero me dijo que sí que se llevó el cuadro. Eso significaba que la pieza que tenía mi amigo era distinta. ¿Quedarían más cuadros escondidos en la biblioteca de Bellas Artes? Me los imaginé como brillantes tesoros hundidos en un mar de libros.

Quedan 19 cuadros por encontrar para recomponer la obra. Por ahora parece que he llegado a un punto muerto y hay una valla que me impide avanzar por el camino.

Así que no, la obra todavía no está completa. Quizá algún día lo consiga, aunque hoy no sea ese día. Pero como aventura y como anécdota, resulta ciertamente curiosa.


En este caso, si la realidad no superó la ficción, al menos la contempló como iguales.