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3/11/16
Correcciones: La anécdota
Os dejo el enlace de dropbox para que os podáis descargar el doc. donde figuran las correcciones del ejercicio de la anécdota.
Durante la sesión, los grupos se turnarán para evaluar los textos de sus compañeros. Debido a que estamos a punto de tratar la introducción, sería conveniente que las intervenciones se centraran en analizar esa parte. Como guion para realizar la critica os propongo los siguientes puntos:
- ¿Cuál es la anécdota que se intenta narrar?
- ¿Hay un equilibrio entre lo que se pretende contar y el espacio narrativo del que se dispone?
- ¿Qué diferencias hay entre la narración escrita y la oral? ¿cuál ha resultado más atractiva?
- En caso de que se prefiera la narración oral, ¿cómo sería posible integrar estos aciertos en la narración escrita?
- ¿Cómo se presenta la problemática o pregunta dramática?
- ¿Existen alternativas para presentar el problema de una forma más efectiva?
- ¿Ha conseguido el desenlace cumplir con las expectativas de la introducción?
- ¿Es atractiva la presentación de los personajes? ¿Prodrían presentarse o caracterizarse de otra manera?
Tened en cuenta que se trata de sugerencias, la crítica puede tomar caminos distintos según los miembros del grupo lo crean conveniente.
Ejercicio 1 corregido: La Anécdota.
2/11/16
LA ANÉCDOTA por Mª Dolores García
Era finales de
un caluroso mes de julio. El tren por fin me devolvía al punto de salida tras
varias semanas de trasbordos y ciudades. Había sido uno de esos viajes que te
gusta saborear mientras te encaminas irremediablemente a tu rutina. Como cuando
intentas atrapar en tu retina los últimos rayos de una puesta de sol. Quizás
por alargar su recuerdo o porque me impresionó el silencio que envolvía esa
noche la ciudad, empecé a caminar mecánicamente al salir de la estación pasando
de largo la parada de un metro que rápidamente me hubiera llevado por debajo de
semáforos y avenidas a aquello que por aquel entonces llamaba hogar.
Respirando el infrecuente
aire fresco de la falta de coches y prisas decidí alargar mi camino y pasar por
el local donde tantas veces actué, aunque retrasara una hora más la ducha y la
cama caliente. No me importaron la ropa de dos días y la mochila que a cada
paso se hacía más pesada, pues volvía con ese buen humor que te permite
enfrentarte por igual al cansancio y al olvido. Y con la única reserva de no
haber podido avisar aún de mi regreso seguí adentrándome por calles y
callejuelas durante una agradable noche de verano.
El local se
mostraba como siempre. Los muebles que alababan el amable estilo de los años ochenta,
conseguían un ambiente elegante pero algo desfasado, en el que yo me sentía
como en casa. Al mismo entrar se podía ver como toda la pared izquierda se ocultaba tras una barra alta de
piel y cristal negros. Tras pasar la barra el local se ensanchaba antes de
doblarse a la derecha a modo de “ele”. Ese era el espacio en el que el dueño
había decidido montar el escenario, a falta de mayor amplitud, a pesar de la inoportuna
presencia de un par de columnas. Otra barra similar en la continuación de la
pared y unas cómodas butacas redondas de piel a juego con unas mesas circulares
de poca altura completaban el mobiliario. Escondida tras esas columnas había
visto actuar a los mejores cómicos y artistas a nivel nacional, mirándolos atentamente
tras la seguridad que su sombra me proporcionaba. Volver allí, era como volver a recordar qué me
había impulsado a ser quien era.
Al llegar allí
encontré algunas caras conocidas por lo que la parada se alargó más de la
cuenta. Después de lo que fue una débil resistencia, decidí quedarme hasta el
final del espectáculo, no fue hasta entonces que un sudor frío se apoderó de
mí. “Maldita sea, no he avisado en casa”. Mi madre había aceptado con el paso
de los años mis más que imprevistos viajes, pero aun así, sabía que esperaba pacientemente
al lado del teléfono la llamada que le dijera que ya estaba a salvo de la vida.
Saqué el móvil con las prisas del que se sabe llega tarde. Tenía la esperanza
de poder encenderlo y contar con el tiempo suficiente para hacer una llamada
antes de que se apagase de nuevo. No fue así, y el móvil apenas se mantuvo
despierto unos segundos, tiempo suficiente para ver que tenía tres llamadas.
Eso me
inquietó, no sé muy bien porqué, llenándome la boca de culpabilidad. Aproveché
que la camarera se acercó a servir una copa para pedirle que me dejase hacer una llamada. Mi
expresión debía estar llena de preocupación por lo rápido de su respuesta. “Claro
pasa, el teléfono está a la derecha, haz las llamadas que necesites”, e indicándome
el hueco en la barra entré al almacén. Tuve que hacer uso de varios de los números
familiares que hace ya mucho decidí memorizar
hasta poder hacerme con ella.
-¿Diga? El tono apagado de su voz al otro lado de la
línea me decía que algo no iba bien.
-¿Qué ocurre mamá? Me has llamado tres veces. Me han dejado
un teléfono.
- Cariño ¿eres tú?, no quería decirte nada hasta que
llegases pero como tardabas tanto…
- Me quedé sin batería…
- Tu hermano…
-¿Qué ha pasado?
- Ha habido un accidente
- Pero, ¿está bien?
- No, el tren…lo ha arrollado el tren.
El 24 de julio
de 2013 a unos 3 km de la estación de Santiago de Compostela un tren Talgo
Serie 730 que cubría un servicio Madrid-Santiago de Compostela descarriló con
218 pasajeros a bordo, causando 79 personas fallecidas. El que ese mismo día unas
horas antes, en un pequeño pueblo del interior, fallara una señalización en un
paso a nivel sin barreras llevándose por delante un turismo con dos personas
fue, simplemente, una anécdota.
1/11/16
Anécdota
Lista para
enfrentarme a una de esas incursiones por la burocracia, armada de toda la
paciencia que se pueda, la mejor de las disposiciones y una amplia y cálida
sonrisa, vestida de una mezcla de inocencia y cándida ignorancia, convencida de
que con esas armas letales conquistaré al funcionario de turno y lograré un
merecido trato y un feliz desenlace.
Con el
pensamiento se crean las realidades, ¿cuál afirmación diré o repetiré en este
momento que pueda ayudarme? ¿Las cosas fluyen con facilidad? ¿Las personas me
tratan con amor y respeto? ¿Cada día y a cada momento aparecen personas
maravillosas en mi vida? Siento que las frases se amontonan en mi cabeza, pero
como globos de helio las veo marcharse, no puedo fijar ninguna, ninguna me
parece con suficiente fuerza como para convencerme del éxito de mi misión.
Sigo allí,
sentada, elaborando estrategias mentales para afrontar la situación, que si
tengo cita, me pregunta el guardia de seguridad, deme su identificación, tome
su número y espere allí hasta que le llamen….¿preferiré que sea un hombre o una
mujer?
Las mujeres
se muestran más comprensivas, los hombres sólo a veces y enseguida pienso que
no se trata del género, va más asociado
al estado de ánimo, a si han almorzado suficiente, a si todo ha ido bien con sus
hijos ese día. ¿El color favorece el estado de ánimo? ¿Cuál será mejor rosa tal
vez, o amarillo? ¿Pero qué estoy
pensando? No soy yo la que decido quien me atenderá, mejor me enfoco en mí, en
qué puedo hacer yo para que las cosas vayan bien, paso lista de nuevo a mi
sonrisa, mi actitud de humildad, y mi buen ánimo, ¿bastará con eso?, pienso
temerosa de tener que volver por el mismo motivo…no es la primera vez que me
pasa, tener que regresar para que me atienda otra persona porque una completa
falta de sensibilidad a los problemas del otro y un trato irrespetuoso y
abusivo incrementa mis sentimientos repulsivos poco a poco hacia el funcionario
de turno y hace que se acabe intempestivamente mi visita a alguna dependencia
gubernamental.
Pero estoy
decidida a que esta vez no sea igual, quiero ser yo la que maneje la situación,
la que lleve el hilo conductor aunque tenga que disfrazarme de poco informada,
de desconocedora de datos y fechas que con certeza tengo documentados, y allí
estoy sin darme cuenta sentada frente a quien me hace preguntas inquisidoras a
pesar de mi sonrisa y mis modales educados: ¿qué quiere?, me increpa…comienzo a
explicarle algo que parece no entender, su cara contraída y contrariada me
intimida, me pone nerviosa, por unos segundos me desoriento y hasta dudo de lo
que digo, llego a pensar que no sé expresarme (¿cómo, si hablamos el mismo
idioma???)
Comienza
todo a ponerse complicado, entre una ida y vuelta de frases sin comprensión que
no llegan a su destino, por segundos entro en pánico y recuerdo la cantidad de
veces que he tenido que volver a repetir lo mismo en la próxima cita con la
esperanza de que otra persona me entienda y me ayude, y la frustración y el
desánimo que he sentido. Estoy dispuesta a que no me pase ésta vez, busco en
mis pensamientos algo que me ayude, qué será, qué decir a éste energúmeno que
ablande su corazón y que pueda más que mi inmensa sonrisa…..en ese momento bajo
la vista y al cruzar las piernas veo que algo brilla y suena, dentro de mi
bolso aparece mi estrella de la buena suerte, mi salvación: ofrezco amablemente
al funcionario diciéndole “le he traído una galleta para cuando almuerce”,
finalmente puedo ver una mueca en su boca que deja intuir algún agrado por el
dulce. Ya lo tengo, ya es mío, a partir de allí todo fluye con facilidad y
salgo de allí satisfecha y segura que mi próxima visita serán dos galletas las
que traiga.
30/10/16
Más de veinte años
Dos tirabuzones enmarcaban una nariz afilada y un mentón
prominente que contrastaba con sus cejas finas y bien perfiladas. Nunca podría
olvidar esas cejas. Había gente de rasgos suaves y cejas redondeadas, gente con
facciones esculpidas en granito y dos amenazas sobre los ojos y luego, claro,
estaba él. Creo que le gustaba el contraste y la sorpresa, más aún porque al
crecer se había convertido en un calco exacto de su padre y solo las cejas y
una mirada traviesa distinguían al eterno guasón del estricto maestro que tanto
nos había exigido. Éramos una
generación, un pueblo entero criado bajo los exámenes de piedra pómez de ese
hombre que a base de suspensos nos había preparado para la facultad y él, a
pesar de ser su hijo, no había escapado a las malas notas.
Ya no tenía el pelo cortado a cepillo y los tirabuzones le
llegaban hasta los hombros. Uno de ellos era ya más blanco que marrón y por
primera vez en años recordé las tardes en la plaza del pueblo, los batidos del
único quiosco y la primera botella comprada a escondidas. Durante un instante
pensé en pillar un tren al pueblo, coger las llaves de la cómoda y leer desde
el principio las novelas que regalaban en el periódico como tantas otras veces.
Quise tirar el maletín y los documentos por la ventana y
apagar el móvil para que nadie pudiera buscarme, ponerme las botas y una falda
bonita y llevarlo a bailar a la discoteca de mi primer beso. Pero él se giró,
sentando a una chiquilla en su regazo y arreglándole el pelo. Tenía sus ojos,
de color azul mar, y ese mentón afilado que contrastaba con unas cejas quizás
demasiado finas.
Bajaron en la siguiente parada y yo me esperé a ver la
silueta de mi oficina para levantarme de la silla. Habían pasado más de veinte
años pero yo nunca podría olvidar esas cejas.
SUERTE O CASUALIDAD
Como todos los viernes nos reunimos Julia y yo. Mi
amiga del alma.
Las ocupaciones cotidianas nos impiden vernos más,
por eso, una vez por semana, nos hemos propuesto sacar tiempo de donde sea.
Hemos elegido este día, porque empieza el fin de semana y se percibe un
ambiente de fiesta, que pulula por las calles.
Paseábamos por Colón, cuando un chico repartidor de
publicidad, nos abordó y nos entregó una.
La casualidad nos sorprendió, sobre todo a mi amiga.
El papel anunciaba que el escritor Arturo Pérez Reverte presentaba su última
novela, titulada: Falcó, en la librería Ramón LLull de Valencia.
Julia es una apasionada de las novelas de aventuras,
ya se compró la saga del Capitán Alatriste, y ahora venía su escritor favorito.
─ Le compraré la última novela, ─ dijo.
─ Me hace ilusión tenerlo firmado y también hacerme una foto con él ─ añadió.
Precisamente la presentación era ese mismo día por
la tarde. Fuimos allí, por cierto, estaba “a tope, no cabía ni un alfiler”.
La sorpresa en la librería era que, por cada libro, te daban
un número, si coincidía, con las tres
últimas cifras del cupón de la Once, te obsequiaban con una cena con el
escritor en el hotel RITH de Madrid.
Mi amiga empezaba a elucubrar, por si la suerte le
alcanzaba.
Por la noche se celebró el sorteo. Estuvimos
pendientes del número. No sé si existe la casualidad o la suerte, pero mi amiga
fue agraciada. ¡Le tocó!
Nunca he visto tan feliz a Julia.
INCREIBLE, PERO CIERTO
Sábado, 17:30. Un grupo
de jóvenes alegres y despreocupados se encaminan hacia la iglesia. El párroco
les ha dejado la puerta entornada. Al entrar una penumbra agradable les
sorprende, pero esa sensación dura breves segundos, porque como un imán sus
ojos se dirigen hacia el altar adornado con flores y con todas las luces
encendidas. El contraste es colosal: resplandor en el presbiterio, oscuridad en
el resto de la nave. ¡Claro, hay boda! por esa razón el grupo ha ido tres
cuartos de hora antes para ensayar.
El sacerdote les indica
que el coro, en esta ocasión, estará arriba en la parte derecha del altar. A la
solista no le hace ninguna gracia, prefiere estar abajo y pasar inadvertida, pero
no dice nada, ni siquiera el grupo ha emitido una leve protesta. Todos saben
que arriba deben guardar cierta compostura, porque son un foco más de luz,
cualquier cuchicheo entre canción y canción, gesto, etc. será observado por la
feligresía. Aunque no deberían extrañarse, no es la primera vez que lo hacen,
por ejemplo, en las grandes celebraciones litúrgicas…han de situarse en el
altar. No obstante, ellos se sienten más libres abajo.
El grupo es bastante
peculiar, sano, jovial y ESPONTÁNEO, sobre todo las chicas.
Han dejado las guitarras
y los bongos a un lado, suben las sillas y las disponen en filas, salvo los
instrumentistas que se acomodan delante del grupo cantor.
Comienza el ensayo, sale
perfecto, tan solo repiten el ofertorio y la canción final.
Entre tanto, D. Juan, el
cura, ha dado al interruptor de luces, a continuación se ha dirigido a la
sacristía para prepararse.
Comienza a llegar la
gente al templo, los más emperifollados son los que van de boda. El silencio se
rompe y los murmullos se propagan hasta aquietarse, una vez sentados en los
bancos. Hay un cruce de miradas entre los de arriba y los de abajo.
La novia, novio y
padrinos se encuentran de pie junto al reclinatorio. Ella muy feliz, con una
cara muy sonriente y expresiva, que contrasta con los dos chicos; uno, el que
está a su lado, con cara de circunstancias, nervioso en sus gestos como
asustado; y el otro, sonriente y feliz como la novia. Así pues, una de las
componentes del coro junto con la solista, creyeron que no estaban bien colocados:
el novio debía ponerse al lado de la novia y el padrino al lado del novio,
además, se veía con claridad meridiana quién era quién. Las dos tenían
vergüenza en decírselo, al final, fue la solista quien se levantó, bajó los
escalones y dijo: «Estáis mal
colocados», y les indicó el lugar correcto de cada uno. Ellos obedientes
hicieron el cambio. A los pocos minutos asomó la cara D. Juan, salió
precipitado – qué extraño, sin tocar la campanilla de comienzo del acto -.
Todos los presentes se pusieron en pie. Él sin hacer caso se dirigió a los
novios y los volvió a recolocar, y regresó de nuevo a la sacristía.
Nada más sentarse los
feligreses e invitados, sonó la campanilla, todos en pie otra vez, y en esta
ocasión, sí, salió el cura en medio de dos monaguillos y todo prosiguió según
lo establecido.
En el coro había dos
personas que hacían verdaderos esfuerzos por contener la risa, tanto, que las
lágrimas rodaban por sus mejillas.
Al finalizar la boda, D.
Juan se dirigió a las inductoras y les dijo: «¿Así que queríais casar a la
novia con el padrino, eh?». Todos, incluido el sacerdote, estallamos en una
risa sonora y prolongada.
28/10/16
Salto de fe
Por
fin han dejado de destrozar mi mundo,
me ha dicho mi hija esta mañana. Yo he abierto un ojo y me he sacudido el
sueño, pero mis neuronas encargadas de descifrar la lógica infantil seguían
desactivadas. Ya en el desayuno, con algo más de información, he entendido, en
parte, su entusiasmo. Todo me sale bien.
Mi suerte ha cambiado tras el accidente, repite como un mantra. Que si ya
nunca falla el wifi de casa; que si los desalmados que pisoteaban su mundo de
bloques virtuales en Minecraft se han esfumado; que si ya no le asusta dormir
con la luz apagada; que si se ha cumplido su deseo de tener una mascota… Se
refiere a un gato callejero que ha adoptado sin pedir permiso a nadie y al que
ha bautizado con el nombre de Suicida. Se trata de un animal que desafía su
suerte varias veces al día. En cualquier momento logrará saltar al otro barrio.
Lo veo venir. Pero eso a ella no le preocupa porque está convencida de que si
los gatos tienen siete vidas, Suicida tiene mil. Además, donde yo veo imprudencia; ella ve valor.
Y
todo gracias a mis nuevas líneas de la
mano, dice
acariciándose las cicatrices que surcan la palma de su mano izquierda, unos
cortes recientes que han variado sus líneas de la vida y de la suerte. La línea
de la cabeza ha quedado intacta. A la que todo
le sale bien se le ha metido en la mollera que las cicatrices han alterado
su destino.
Para colmo ha descubierto en
internet una noticia que confirma su teoría. Parece ser que un cirujano
plástico japonés, el doctor Matsuoka, rediseña las líneas de la mano con un
bisturí eléctrico para que sus pacientes gocen de una larga vida, se casen,
tengan éxito en los negocios, les toque la lotería, recuperen la salud o sean unos
Einsteins. Si fuera tan fácil, yo me haría un surquito en la línea del valor
para emprender esos proyectos eternamente postergados.
Ya no sé qué decirle para convencerla de lo equivocada que está. No
paro de repetirle que el secreto de la suerte está en la constancia. Una frase
que he sacado de la Red. Huelga decir que yo no creo en la quiromancia. Pero sí
que creo en las señales. Por ejemplo: últimamente encuentro saltamontes por
todas partes: en el cristal de la ventana, en el salpicadero del coche o en el
interior de mi zapato. He buscado en internet el significado de este insecto y
esto es lo que he encontrado: Cuando el
saltamontes se nos presenta se nos pide dar un salto de fe y saltar hacia
delante en un área específica de la vida sin temor.
De repente, todo ha cobrado
sentido. Un maullido prolongado y amargo me ha sacado de mi estado de lucidez:
Suicida lo ha vuelto a intentar.
LA SORDERA
Fue cuando me diagnosticaron hipoacusia bilateral. La
otorrino dijo que mi caso era operable, pero que unos años después ya no lo
sería. A mis preguntas, aclaró que había riesgo de perder del todo la audición,
pero que empezarían por el oído peor y, si iba mal, no seguirían con el otro.
Como yo seguía dudando, me dijo que lo pensara y volviera al
cabo de seis meses. Me valoraría de nuevo y decidiríamos.
Por entonces estábamos trasladándonos de oficina. Hubo un
tiempo que, estando ya en la nueva, parte de la documentación estaba aún en la
antigua. Los locales no estaban muy alejados, así que me acercaba andando a
buscar lo que me hacía falta
Una vez que volvía yo a mi nuevo despacho con algún papel
del antiguo pasaba por una de las calles más céntricas. Era mediodía y estaba
saturada por el tráfico y los peatones que circulaban por ella.
Iba yo con la prisa que nos imponen los asuntos
profesionales, cuando me abordó una chica. Muy joven no era, unos treinta años
tal vez. Ni guapa ni fea, bajita y regordeta, sin ser gorda. Una discreta melena
corta de color negro encuadraba un rostro no especialmente agraciado. Su
vestido, sencillo, se adecuaba a la vulgaridad general que parecía emanar de su
persona.
Estoy acostumbrado a que me paren en la calle. Tengo cara de
panoli y a la gente le da menos corte dirigirse a mí. (Esto, desde luego, es
una interpretación propia, que no he contrastado de manera objetiva). En
general lo hacen para preguntarme alguna dirección. Suelo ser de poca ayuda,
pues todas me suenan, pero no sé situarlas, y menos aún cómo han de llegar
hasta allí.
No me sorprendió por tanto que la joven me parara. La vi
hablarme, pero, y aquí empieza lo raro, no le oí nada. Bueno, exagero un poco.
Oí una especie de bisbiseo en el que no pude distinguir ni una sola palabra.
Para los que no sean del gremio (médicos o sordos) la hipoacusia no te impide
oír, sino distinguir con precisión los sonidos, con lo que uno entiende mal lo
que le dicen, trabucando a menudo lo que ha oído.
Pero aquí era peor: no entendía nada. Me alarmé ¿Tanto
habría progresado mi enfermedad? Le pedí
con cortesía a la muchacha que me repitiera su pregunta, pidiendo a la vez
perdón por no haberla entendido. La chica volvió a formularla, pero yo seguí
sin entender nada; ni siquiera creo haber captado el signo de interrogación.
Estaba desolado. No tanto por la chica sino por mi
manifiesta incapacidad de oír. Repetí mis excusas y pude captar un movimiento
de impaciencia, normal, por cierto, en su rostro. Supuse que iba abandonarme en
beneficio de alguien de oído más despejado.
Pero no, repitió la pregunta por tercera vez. Y se produjo
el milagro. En alta, clara y hasta atronadora voz pude oírla y, como yo, toda
la gente que circulaba alrededor
-¡Qué si quieres echar un polvo, coño!-dijo en tono entre irritado
y despectivo
Su grito (así me lo pareció) produjo ese silencio sepulcral
que a menudo se hace en medio de conversaciones múltiples que parecen ponerse
de acuerdo en cesar de manera simultánea. El caso es que a mí me dejó con la
boca abierta, con una cara de panoli más justificada que nunca, y objeto de la
curiosidad entre risueña y suspicaz de los viandantes. La chica, mientras, se
había marchado sin darme la oportunidad…¿de qué, en realidad?
Cuando pasaron los seis meses, decidí no volver al otorrino.
¡Para lo que hay que oír…!
Anécdota. El billete de tren
Todo el mundo en el tren andaba alborotado. Se miraban unos
a otros perplejos. En los vagones los hombros subían y bajaban dando la
impresión de un mar repleto de cabezas bolla. Por las ventanillas el mundo
pasaba ajeno a la confusión. Campos amarillentos y casas blancas se difuminaban
con aparente normalidad. Los árboles desnudos exhibían sus muñones en las
estaciones vacías. Hacia poniente las montañas blanquecinas permanecían en su
lugar como estrellas lejanas. En el levante amanecía el día sobre un mar
tranquilo, pero… ¿qué día?
Yo andaba arriba y abajo por el pasillo cosechando las
miradas hostiles y furtivas de los viajeros más osados. El resto o me miraba
reflejado en los cristales o lanzaba sus ojos al suelo evitando cruzarse con
los míos. Llegaba hasta la cafetería casi en la cola del tren, pedía un café,
me lo tomaba a sorbitos ojeando un periódico, hacía intento de pagar, no me
cobraban. Llegaba hasta la locomotora, llamaba, me dejaban entrar y ver la vía
desaparecer debajo de nuestros pies hasta que me asaltaba un ligero mareo.
Volvía entonces a cruzar el tren hacia la cafetería.
Un señor venció el peso de su corbata levantándose para
interceptarme con cara de pocos amigos. Pero una mano amiga le asió desde el
asiento contiguo devolviéndole a tiempo a su sitio. Estás loco alcancé a oír
que le interrogaba.
Barcelona se acercaba rauda al encuentro del tren ¿Qué
día sería allí? El desconcierto inicial había dado lugar al nerviosismo.
Recuperada la cobertura las llamadas no hicieron sino confirmar la absurda
novedad. Sí, hoy era 24 de septiembre ¿y qué? No iba a consentir que un maldito
error en la fecha de mi billete me estropeara el día.
27/10/16
Simbiosis
Anécdotas, aventuras, providencias.
Como añoro esa vida (suspiro). No es que la vida en pareja esté carente, pero
de sobra es conocido, y cito la gran obra de un reconocido personaje “no iba a salir y me lié”, que la libertad te
da más posibilidades de un buen argumento para este ejercicio. Por ello vamos
allá.
Reproche 1:
- Ya es la tercera vez. Siempre
bajas a tirar la basura y no pones bolsa nueva.
- Es que tengo la costumbre…
- Excusas – interrumpió mi pareja
-. No se la de veces que te lo he recordar. Coges la basura, te vas y la bolsa
sin poner. Es que. ¡Por favor! – aumento de tono decrescendo a llegar a la
desgana.
Pues ahí estaba, tenía razón. No
poner la bolsa de basura, por segunda o tercera vez. Pues ciertamente antes de
mi vida en pareja llevaba así como diez años viviendo sólo y cuando tiras la
basura, una es porque huele o dos se está desbordando del cubo. A esto añades
que no la tiras inmediatamente sino que dices:
Cuando me vaya la tirare
Entonces al cerrar la puerta,
obviamente con prisas porque eres soltero y siempre llegas tarde; lo recuerdas
porque el olor también sale contigo. Resultado, la bolsa se pone pues... al unísono que
cuando vas a tirarla. Cuando te acuerdas.
Reproche 2:
- Siempre hago yo el café. Todas
las mañanas - recalcando cada una de las palabras -. Te levantas, te sientas y ahí, que el café se haga sólo. Podías
hacerlo tú alguna vez.
Aquí si que no me justifico. Al
madrugar soy de ese tipo de personas que mira la pared con cara de mala leche y
espera que pase el tiempo hasta verme vestido o con una galleta en la mano.
- Es que – continuaba la canción
– hay cosas que siempre me toca hacerlas a mí. ¡Siempre! – crescendo ad libitum
-. Deberías ponerte en mi lugar y bla bla bla (tengo que admitir que aquí ya
cogí la galleta y desconecté)
Pues lejos de quedar aquí la cosa
mi pareja parece que reflexionó. No me pregunten por qué. En un arranque de la
mañana decidió tirar la basura. Sí, esa tarea que siempre había hecho yo. Quizá
porque quería descubrir tan curiosa experiencia o posiblemente porque esa
maldita voz que llamamos conciencia le dijo “oye, que hay cosas que tú nunca
haces.” Bueno, el motivo es lo de menos, el resultado es que se armó de valor
basura en una mano, botellas de plástico en la otra y con las llaves en la boca
salió de nuestro piso alquilado.
Me sorprendió ciertamente.
Entendí un algo, una verdad. Y aquí viene la moraleja de la anécdota. El
cambio, la vida en pareja, eso que impulsaba a mi chica a hacerme entender que
yo debía hacer el café por la mañana y muchas otras cosas. Que debía contribuir
a esta simbiosis. Es así, era yo. Mi preocupante modo de vida en la soltería
salpicaba mi futura convivencia en familia. Ella me lo demostró con esa imagen saliendo de casa.
Volvió con precipitación,
con rapidez. Me la encontré en la puerta de la cocina cuando yo salía con un
tentempié (comiendo chocolate). La vi antes a ella que el sonido al cerrar la puerta. Nuestras caras se juntaron
como una película de Woody Allen.
- ¿Dónde vas? – le pregunté con
sorpresa
- A la galería.
Me acerqué a su nunca para darle
un beso. Para agradecerle esa manera de hacerme entender lo que es la pareja, la familia. Entonces, súbitamente me paré en su oreja y le susurré:
“no te preocupes que ya he puesto
yo la bolsa de basura"
Lucas y el gato siamés
En la casa de mi amigo Lucas hay dos cajones de pienso para
gatos.
Lo curioso, quiero decir, es que nunca ha tenido ningún gato. Es verdad,
creo que fue hace un año cuando Carlos le pidió que le cuidase el suyo, un
horrible siamés con un sarpullido de manchas pardas en el lomo. Pero los
cajones para gatos ya estaban ahí entonces. Recuerdo que en aquella ocasión
salí de mi casa como siempre, un viernes por la noche, para ir a visitarle. De
camino me crucé con un compañero de clase al que de todas formas no saludé. Dos
manzanas antes de llegar compro un par de litronas Steinburg por 3 pavos 20.
Habrá que apañarse. Por fin, una vez llego, sale al rellano a recibirme el
asqueroso gato, clavándome ese par de ojos flácidos como dos huevos rotos. Esta
noche la casa se respira un olor denso y cálido, media docena de personas se hacinan
en el salón con toda suerte de instrumentos improvisados. Un cubo para el tam-tam
de la selva, dos paquetes de garbanzos como quien toca las maracas en el Boatete. Han cerrado las ventanas para que
no se queje la vieja polaca de enfrente que tendrá lo menos siete millones de
años y seguramente nos sobreviva a todos. En total somos 8 personas, a
saber; Lucas, Carlos, la pareja de acólitos, un anónimo trio musical y yo mismo.
Habría sido espantoso de no ser porque empezaron a interpretar esa canción tan buena
sobre un viejo heroinómano a punto de morir. Y la tocaban jodidamente bien.
Hasta que apareció el gato. Otra vez.
Cuando el viejo volvía a la casa de sus padres, después del segundo
estribillo, el gato se abalanzó sobre el mímico guitarrista. Éste, que no
podía ir más ciego, se defendió con un manotazo que envió al gato a la otra
punta de la habitación. Todos nos miramos en silencio. Carlos está en el baño y
el gato ha salido escopetado por el pasillo. La cara de Lucas es un poema. “Que
no pare la música”, grita Carlos al otro lado. Y de repente, sin ton ni
son, Lucas cae redondo al suelo en un
ataque de risa histérica. Creo que los cajones de gato se los dejó una ex.
“Puto gato, puto gato”, grita ahora con la cara roja. Ahora lo recuerdo, Lucas
intentó envenenar a los gatos de su novia para demostrar no sé qué teoría
cuántica de los átomos. Por suerte ella lo descubrió antes. Puto Lucas, el muy
sádico.
La pulsera
No se porque lo hice, porque era lo mas
fácil quizás, al menos me contenté con pensar eso, aunque luego me
llevó a pasar un mal rato. Aquella mañana había quedad con Juan,
sí el de reformas Estebe, para llevarle unos papeles, ya sabes que
desde que “tuvieron” que prescindir de personal nos toca
ocuparnos de todo. Eran las 10 ya y el tipo aun no había abierto,
claro como no le van a salir esos números con el ritmo de trabajo
que lleva, y luego se queja; bueno el caso es que yo me dedicaba a
pasear de un lado a otro por delante de la cancela mientras me fumaba
un para de pitillos y daba varias veces zapatazos al suelo, pues aun
tenía frió. Parecía que los minutos no pasasen.
Escuche unos paso fuertes y agudos como
de un taconeo por mi derecha, me giré y vi que provenían de una
mujer que iba bastante arreglada, ya sabes una de esas que van igual
vestidas un lunes por la mañana que un domingo por la tarde, des
pidiendo olor a maraca y a nuevo por cada poro de su cuerpo. No
estaba mal la chica, además tuve tiempo de observarla, como hubiese
hecho con cualquiera que pasas por allí en ese momento solo por
entretenerme y no volver a sacar el móvil para mirar la hora que la
obsesión retrasaba; era una morena de pelo largo y alta, más aun
por los taconazos de sus botas , y que, como era de esperar,
arrastraba una expresión de indiferencia en su rostro erguido que
parecía no caberle allí. Ella por suerte no se fijo en mi, se
acercó al carril bus y al poco pudo parar un taxi en el que subió
con un revuelo de su poncho de baby-alpaca o lo que fuera; ya me
había parecido distinguir algo caer, pero hasta que no se cerro la
puerta no vi el brillo en el suelo y para cuando tenía la pulsera en
la mano el coche ya había pasado la manzana, estuve indeciso durante
unos instantes, parecía buena, pero no demasiado, así que no le di
más vueltas y la guarde en la cartera olvidándome el resto de la
mañana.
Dos días después , tras haber
encontrado una cajita adecuada, se lo regalé a Ana. Al principio se
preocupó más por el precio que cualquier otra cosa, pero luego al
probárselo me lo agradeció radiante y algo azorada, como una niña
el día de su cumpleaños; yo traté de quitarle importancia cuanto
pude pues su ilusión me hizo sentir incómodo. Todo marcho bien
hasta dos semanas más tarde.
El viernes por la noche habíamos
quedado en una cita de parejas con una amiga suya y el novio de esta,
a la que tuve que acceder tras mucho quejarme pues nunca he podido
aguantar juntarme por obligación y fingir interés por alguien con
quien no se me a perdido nada. ¿A que no adivinas quién era la
amiga? No, no era la de la pulsera, eso hubiese sido demasiada
casualidad, era una enfermera bajita y risueña, pero resultó que
después de saludarles y sentarnos en la mesa en la que nos esperaban
allí estaba, justo enfrente. No puedes imaginar el pánico que me
entró cuando la vi, una sensación fría me subió desde la barriga
hasta la parte superior de la garganta. Aunque sabía que no tenía
nada que temer, pues era una pulsera de un marca conocida que se
podía adquirir en miles de tiendas y ver mujeres llevándola
seguramente en casi cualquier parte del mundo, además de que ni me
vio por lo que no podría reconocerme, la conciencia de estos hechos
no pudo acabar con gran parte de mi nerviosismo que me llevaba a
mirar de reojo y a rachas el plateado objeto en la muñeca de Ana y
seguir su mano izquierda ya fuese cuando ajustaba el tenedor recto y
perpendicular al borde de la mesa o cuando cogía la servilleta.
Me puse a hablar como loco con el
amanerado de gafas de pasta y fular que tenía delante de yo que se
que cosas que se me ocurrían: lluvia ácida, datos curiosos de
animales exóticos; hilando temas sin el menor reparo. Cuando la
anterior dueña de la pulsera alzaba la vista yo me giraba hacia las
chicas y le preguntaba algo a la enfermera al tiempo que huía de la
mirada extrañada y de reproche de Ana que me gritaba con los ojos
que me comportase. Todo esto mientras me llenaba una vez tras otra la
copa de vino con tanta avidez que me manche mis mejores pantalones.
Insistí en que dejáramos el postre y
el café por no ir demasiado tarde al sitio de copas que enseguida se
llenaba, y cuando ya aliviado guardé el cambio que me tocaba y me
disponía a salir note un golpecito en el hombro, me giré dando un
respingo y más me sobresalte cuando vi las mismas facciones y el
mismo pelo liso de la otra mañana; estaba perdido.
-Perdona-dijo- se te ha caído-
agarraba una moneda de dos euros en una mano.
-Ah-balbuceé, o algo así, demasiado
rato mientras me la entregaba, luego soltando un corto “gracias”
salí rápido afuera donde me esperaban con las chaquetas puestas. No
se que cara debía llevar que Ana me preguntó preocupada:
-¿Estás bien?
VACACIONES. Anecdota
El pasado
verano fuimos a Croacia. Aunque no
teníamos claro qué destino escoger para nuestras vacaciones, Dubrovnik era uno
de nuestros favoritos.
A pesar de
haber elegido este lugar sin tener muy claro al principio dónde queríamos ir, mis hijas y yo preparamos el viaje
cuidadosamente. Con mucha antelación vimos unos vuelos “low cost” y fue
precisamente el precio y las fechas lo que nos decidió a comprarlos. Alquilamos
un bonito apartamento cuya ubicación fue estudiada con detenimiento, cerca de
alguna playa y próximo al centro de la ciudad.
Por otra
parte, nuestra labor de documentalistas fue muy activa durante ese tiempo ya
que buscamos guías en Internet, blogs de viajeros, recomendaciones de otras personas,
trazamos posibles recorridos y un sinfín
de tareas relacionadas. Leímos mucho acerca de la maravillosa costa croata y
sus bellas islas, el agua transparente y fría, la tranquilidad de navegar en un
mar calmo como el Adriático, y sobre todo, seleccionamos con mucha atención las
excursiones y actividades que nos ofrecía el lugar.
Por fin llegó
el día de partir desde Valencia, y en el último momento empezamos a repasar si llevábamos
todo lo necesario para un proyecto tan pensado y preparado. Era el momento, vámonos!!.
-Maya, llama a
un taxi por favor.
-Ya voy, viene
enseguida
- El taxi está
en la puerta
-Bien, bajemos
-Buenos días,
donde van?
-Al aeropuerto
-Me permiten
sus maletas?. Las pondremos detrás
- Si claro,
una dos y la tercera maleta?
- Maya: me la
he dejado olvidada en casa
-Cómo puede
ser que con la ilusión y trabajo que hemos puesto en este viaje te dejes ahora
la maleta?
-Todo acabó
entre las risas del taxista y la nuestra. Menos mal que nos hemos dado cuenta!
Curiosidad infantil
Cerca de mi casa hay
dos plantas bajas a cada lado de un portal, con las fachadas pintadas en
naranja y persianas rojas. Es la sede de la Asociación Valenciana de Personas
Sordomudas. Por la mañana pasan desapercibidas pero a la tarde, las persianas
se suben y poco a poco van llegando los socios. Una gran cantidad de ellos
salen a la calle a fumar y relacionarse. Se apoyan en los coches aparcados en
el bordillo y forman estrechos corrillos. Se comunican moviendo las manos, enfatizan
sus afirmaciones emitiendo extraños ruidos guturales y haciendo gestos bruscos
con la cabeza y el tronco. Son bulliciosos y divertidos, hacen ruidos secos que
identifican como risas.
Cuando mi hijo era pequeño y
pasábamos por allí, se agarraba a mi pierna y escondía la cara en ella hasta
que nos alejábamos. Le expliqué que eran personas que no podían hablar y esa
era su manera de comunicarse. La curiosidad infantil le llevó a observarlos
descaradamente a partir de entonces, quería descifrar y aprender su lenguaje. Y
me contagió. Aunque estudiamos varios libros y buscamos información en Internet,
conseguimos aprender poco. Alguna letra, palabras sueltas, sin la fluidez
necesaria para conectarlas. ¡No hay un lenguaje de signos universal! Y
la información que leíamos nos confundía más que nos instruía. No conocíamos a
ningún sordomudo, ni siquiera un sordo. Nunca nos atrevimos a intentar
comunicarnos con ellos. Y, aunque, a mi abuelo le llamaban: Salvador, el sordo; yo sé que su sordera
era selectiva.
Desde
nuestra ignorancia, seguimos mirándolos sin saber si nuestro escrutinio les
incomoda o no. A veces al pasar a su lado nos sobresaltan los sonidos que
emiten, nos ignoran como si fuéramos transparentes. Estamos fuera de su
conversación, si nos miraran quizá perderían una palabra importante de su
interlocutor. No nos pueden oír cuando nos acercamos y, como suelen ocupar toda
la acera, nos bajamos a la calzada para continuar nuestro camino. Cierto es que
podríamos ir por el otro lado de la calle pero… ¿Qué habría de interesante en
ello?
Mi hijo
creció, ya no paseamos cogidos de la mano. Mantenemos solo uno de los gestos
que aprendimos. Cuando en un pabellón lleno de gente y ruido, va a enfrentarse
a un contrincante y me mira, yo levanto los brazos y giro las manos a uno y
otro lado. Es el aplauso de los sordos, es nuestro gesto íntimo con el que le
doy ánimos y confianza. A veces, aún pasamos juntos por delante de la
asociación, vamos enfrascados en otras conversaciones e ignoramos a los sordos
como nos ignoran ellos.
El otro
día volvíamos de casa de los abuelos y algo nos llamó la atención. De pequeño,
cuando todavía le intrigaba el tema, me preguntó para qué tenían los sordos un
timbre en la puerta si no podían oírlo. Le expliqué que los timbres para
sordos, en lugar de sonar una campanilla se encendía una bombilla
intermitentemente. Ha debido de fundirse. Sobre el timbre aparece un cartel
hecho con un folio y bolígrafo azul, sujeto con unos trozos de celo que dice:
No tocar al timbre.
De todas
formas es innecesario, la calle sigue llena de personas capaces de comunicarse
entre ellas.
26/10/16
¿Realidad o ficción? (Ejercicio 1)
Mi padre siempre me ha dicho que en ocasiones la realidad supera a la ficción, pero hasta ahora no había podido comprobarlo de primera mano. Esa frase, que a lo largo de mi vida se ha repetido como una cantinela, la interpretaba desde la visión de las cosas absurdas que pasan en el mundo. Tras los largos e indignados discursos de mi padre sobre la corrupción en este país, yo no podía más que añadir lo ridícula que era nuestra situación, que parecía ser sacada de una novela surrealista, a lo que él contestaba con su ya característico “en ocasiones la realidad supera a la ficción”. Pero lo que jamás me imaginé fue que la realidad de la que hablaba no hacía referencia únicamente a novelas surrealistas o a algún corto de Buñuel, sino que podía asemejarse a alguna de las tantas novelas de aventuras que leí en mi infancia.
Hará cosa de tres semanas, un amigo me envió una foto. En la foto aparecía un trozo de tela más viejo que nuevo, de bordes deshilachados y color tierra. A decir verdad, a primera vista me pareció un recorte de un saco de patatas, pero a los pocos segundos se me hizo evidente que se trataba de otra cosa. En el trozo de tela, unas letras azul oscuro rezaban lo siguiente: “Querido desconocido: si puedes leer estas palabras, eso significa que habéis descubierto esta obra. Tenéis que guardarla para vosotros. He hecho el viaje desde Los Ángeles para esconder este cuadro y que lo descubráis. Este cuadro forma parte de una obra de 21 piezas. Quedan 20 por descubrir para formar la obra completa”. Y, al final del todo, una página web con un simple “visítala”.
Como resulta evidente, no entendí de qué se trataba hasta que me percaté de que, en una segunda foto, se veía la parte de atrás del retazo. Unos trazos blancos de brocha gruesa dibujaban distintas formas geométricas sobre un fondo grisáceo con manchas negras y rojas. A pesar de la apariencia descuidada, la manera exacta que tenían de coincidir los rectángulos, círculos, triángulos y cuadrados hacía evidente que nada estaba ahí por casualidad.
“Lo he encontrado dentro de un libro en la biblioteca de Bellas Artes”, me dijo. “Pensé que podría interesarte”.
Sentí la emoción cosquilleando en la punta de mis dedos. La casualidad de que llegase a mí algo oculto en uno de los cientos de libros de una biblioteca que jamás había visitado era hasta inquietante. Por un segundo me sentí como un personaje arrancado de un libro y pegado bruscamente a la realidad.
Empecé a reunir toda la información que pude. Descubrí que la página web escrita en el cuadro estaba inactiva desde hacía años, pero seguía existiendo y para mí eso era suficiente. El proyecto de esconder cuadros que juntos formaban una obra no se había llevado a cabo sólo en Valencia. Tuvo lugar también en Dubai, en San Francisco, en Venecia, en Roma, Geneva, Berlín, París, Miami, Los ángeles, Marsella y Lyon. Una obra por cada ciudad. La última entrada estaba escrita en el 2014, y la del cuadro en Valencia era del 2011. Cinco años después, nosotros encontramos una de las 21 piezas. La emoción opacó el hecho de que todos los enlaces estaban caídos y no había forma de contactar con nadie. Había encontrado un tesoro, o al menos yo lo sentía así.
Siendo la era de la tecnología, imaginé que en su momento este proyecto debió haber tenido alguna red social y, justo como esperaba, encontré el Facebook, tan abandonado como lo estaba la página web. Sólo dos comentarios estaban en español, pero a mí me llamó la atención uno de ellos: era del 2012, de una chica de pelo oscuro. Aseguraba haber encontrado un cuadro en la biblioteca de Bellas Artes. Sin ninguna esperanza de recibir respuesta, le escribí preguntándole si se había llevado el cuadro y en qué libro lo encontró.
Un día después, contra todo pronóstico, contestó.
No recordaba el nombre del libro, pero me dijo que sí que se llevó el cuadro. Eso significaba que la pieza que tenía mi amigo era distinta. ¿Quedarían más cuadros escondidos en la biblioteca de Bellas Artes? Me los imaginé como brillantes tesoros hundidos en un mar de libros.
Quedan 19 cuadros por encontrar para recomponer la obra. Por ahora parece que he llegado a un punto muerto y hay una valla que me impide avanzar por el camino.
Así que no, la obra todavía no está completa. Quizá algún día lo consiga, aunque hoy no sea ese día. Pero como aventura y como anécdota, resulta ciertamente curiosa.
En este caso, si la realidad no superó la ficción, al menos la contempló como iguales.
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